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Verdaderos docentes…

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Todos hemos conocido a algún docente que marcó nuestra experiencia académica de alguna manera, pero ¿qué lo separó del resto? ¿Qué característica de su labor o personalidad hizo que dejara una huella tan profunda en sus estudiantes? En esta entrega, comparto algunas conductas y rasgos de la personalidad que identifican a los docentes sobresalientes:

 

Como todo buen profesional, un docente dedicado a su trabajo busca constantemente maneras de perfeccionar sus habilidades, explorar nuevas herramientas y aprender más y más hasta convertirse en un experto en su materia. Nunca se dejan vencer por el orgullo ni sienten que son demasiado buenos para escuchar recomendaciones, buscar mentores ni seguir avanzando.

 

Los docentes que aman su trabajo son fáciles de reconocer, ya que transmiten una sensación de vitalidad y energía positiva en sus clases. A menudo también cuentan con un sentido del humor y un ingenio que motiva a sus estudiantes a aprender con ellos, sin importar lo “dura” o “aburrida” que pueda ser la asignatura.

 

Los grandes docentes saben cuándo escuchar a sus estudiantes y cuándo brindarles apoyo emocional. No obstante, también tienen la intuición necesaria para saber cuándo ignorarlos y seguir con su instinto, ya que son conscientes de la utilidad de lo que están enseñando y su forma de hacerlo.

 

Además, entienden que el ambiente de clase es uno dinámico, por lo que no siempre se puede seguir todo al pie de la letra. Los docentes exitosos saben adaptar sus planes y lecciones para involucrar más a sus estudiantes.

 

Los docentes sobresalientes tienen claro lo que quieren para sus estudiantes, y por eso trabajan de forma consistente a pesar de las dificultades. Tampoco esperan resultados inmediatos ni gratificación instantánea: saben que sus esfuerzos darán frutos al final.

 

Impartir un curso monótono y uniforme es un antídoto contra la motivación de los estudiantes. Los buenos docentes conocen el valor del cambio, la innovación y la sorpresa a la hora de infundir vitalidad y emoción en sus lecciones. No temen experimentar con nuevos recursos, arriesgarse ni salirse un poco de la norma para alcanzar sus metas.

 

Dependiendo del nivel educativo, gran parte del trabajo docente ocurre fuera del aula, en la comunicación con los padres y familias de los estudiantes. Para que el alumno tenga éxito, es esencial que los profesores puedan trabajar en colaboración con ellas y que siempre se mantenga un canal de comunicación franco y abierto. Esto no quiere decir que siempre se haga lo que los padres quieran o recomienden, ya que el buen docente conoce lo que es mejor para sus estudiantes.

 

Un gran docente cree sinceramente en que sus alumnos son capaces de llegar al éxito y les exige de forma acorde. Esto no quiere decir que los errores sean vistos como un fracaso, sino que tiene la confianza suficiente como para motivarlos a superarlos y siempre llegar a más.

 

No se deja vencer ni convencer por los mediocres, que a cada instante le señalan que pierde su tiempo y al final fracasará. Tiene un objetivo positivo fijo en su mente y lo concluye.

 

Esto, y más, tiene una gratificante recompensa, cuando los padres quieren a sus hijos y están al pendiente de su educación, pero principalmente de su alimentación física y sicológica, porque sin duda una mente sana derivará en un estudiante exitoso. Desafortunadamente, es muy difícil encontrar esta conjunción, porque hay pocos profesores que en verdad su vocación sea la enseñanza y no el dinero obtenido por medio trabajar, lo mismo sucede con los padres, pocos, muy pocos, en verdad aman a sus hijos, la mayoría los tienen por error, por necesidad o porque ya están ahí, pero no les preocupan en lo absoluto.

 

Sin embargo, sí es posible esa unión, de ahí que haya pocos mexicanos triunfadores y, principalmente felices…

 

 
   
 
   
 
   
 

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